De toda injusticia ninguna merece mayor castigo que la de quienes, justo cuando más están faltando a ella, lo hacen para aparentar ser varones buenos.
Cicerón. Los deberes
Frases y fragmentos de libros que te harán pensar
De toda injusticia ninguna merece mayor castigo que la de quienes, justo cuando más están faltando a ella, lo hacen para aparentar ser varones buenos.
Cicerón. Los deberes
A la manera de las plantas son los hombres: vegetan en paz mientras viven apartados; mas, en cuanto constituyen bosque y, por tanto, se apiñan demasiado, luchan encarnizadamente por la luz, el aire, el agua y la tierra. No sin razón se ha podido afirmar que la moralidad de una ciudad está en razón inversa del número de sus habitantes.
Santiago Ramón y Cajal. Charlas de café
Cuando el juicio que una persona da de otra persona no es político, o sea filosófico, sino moral, los hombres se esclavizan unos a otros. Es siempre moral el juicio en las sociedades liberales. El moralismo es la coartada del lobo que elimina al cordero.
Pier Paolo Pasolini. Fragmentos de noches romanas
Todos conocemos personas tan candorosas, tan angelicales, que por no tener dobleces no los tienen ni en el cerebro. Con todo, estos dechados de bondad y sumisión, verdaderos leiencéfalos de la fauna política, llegan a directores generales y hasta a ministros. ¡Son tan fieles, tan serviciales y tan buenos! ¡Cómo negarles nada?…
Santiago Ramón y Cajal. Charlas de café
Quizás algún día la gente se asombrará. No se comprenderá que una civilización tan dedicada a desarrollar inmensos aparatos de producción y de destrucción haya encontrado el tiempo y la infinita paciencia para interrogarse con tanta ansiedad respecto al sexo; quizá se sonreirá, recordando que esos hombres que nosotros habremos sido creían que en el dominio sexual residía una verdad al menos tan valiosa como la que ya habían pedido a la tierra, a las estrellas y a las formas puras de su pensamiento; la gente se sorprenderá del encarnizamiento que pusimos en fingir arrancar de su noche una sexualidad que todo —nuestros discursos, nuestros hábitos, nuestras instituciones, nuestros reglamentos, nuestros saberes— producía a plena luz y reactivaba con estrépito.
Y el futuro se preguntará por qué quisimos con tanto empeño derogar la ley del silencio en lo que era la más ruidosa de nuestras preocupaciones. Retrospectivamente, el ruido podrá parecer desmesurado, pero aún más extraña nuestra obstinación en no descifrar en él más que la negativa a hablar y la consigna de callar. Se interrogará sobre lo que pudo volvernos tan presuntuosos; se buscará por qué nos atribuimos el mérito de haber sido los primeros en acordar al sexo, contra toda una moral milenaria, esa importancia que decimos le corresponde, y cómo pudimos glorificarnos de habernos liberado a fines del siglo XX de un tiempo de larga y dura represión —el de un ascetismo cristiano prolongado, modificado, avariciosa y minuciosamente utilizado por los imperativos de la economía burguesa—.
Y allí donde nosotros vemos hoy la historia de una censura difícilmente vencida, se reconocerá más bien el largo ascenso, a través de los siglos, de un dispositivo complejo para hacer hablar del sexo, para afincar en él nuestra atención y cuidado, para hacernos creer en la soberanía de su ley cuando en realidad estamos trabajados por los mecanismos de poder de la sexualidad.
Michel Foucault. Historia de la sexualidad
Pero numerosas personas, a pesar de no tener el cargo de jueces, asumen este papel y, como tal, están dispuestas a condenar o absolver cuando hacen juicios morales. Su actitud contiene a menudo una buena cantidad de sadismo y espíritu destructor. Tal vez no exista otro fenómeno que contenga tanta fuerza destructora como la “indignación moral”, que permite que se exteriorice la envidia o el odio bajo el disfraz de la virtud. La persona “indignada” tiene, así, la satisfacción de despreciar y tratar como “inferior” a una criatura humana, asociada con el sentimiento de su propia superioridad y equidad.
Erich Fromm. Ética y psicoanálisis
Por último, el neoconsumidor no quiere tanto proclamar un «peso» social ante los demás como ponerse en movimiento y olvidar la pesadez del presente: las luchas simbólicas de clase han sido reemplazadas por objetivos de aligeramiento en las vivencias individuales. En la actualidad, el consumo funciona en buena medida como paliativo de deseos incumplidos, medio para «recuperar la moral», provisión de consuelo, pequeña embriaguez capaz de hacer olvidar, aunque sea un momento, las desgracias, decepciones y frustraciones de cada cual. De las incesantes variaciones de los bienes de consumo esperamos que nos quiten de encima la pesadez de la vida, dinamizando unas veces más, otras menos, la cotidianidad. El consumo de nuestros días se parece a un viaje: se siente como una evasión ligera cuya función es oxigenar o animar el presente. Por permitirnos combatir los tiempos muertos de la jornada, suspender la pesadez de las rutinas e intensificar o «rejuvenecer» las vivencias del presente, el consumo hipermoderno debe concebirse como un instrumento de aligeramiento de la existencia, concreto pero cotidiano.
Gilles Lipovetsky. De la ligereza