La diferencia entre un niño, un adolescente y un adulto no está en los años que tienen o en a qué se dedican, sino en por qué hacen las cosas. El niño roba helado porque le hace sentir bien, y es ajeno o indiferente a las consecuencias. El adolescente no roba porque sabe que eso tendrá peores consecuencias en el futuro, pero su decisión no deja de ser una negociación con su yo futuro: renunciaré ahora a este placer para evitar un dolor mayor en el futuro. Sin embargo, únicamente es el adulto quien no roba por el simple principio de que robar está mal.
El hecho de rendirnos y aceptar que somos inferiores con frecuencia suele denominarse vergüenza o baja autoestima. Llámalo como quieras, el resultado es el mismo: la vida te trata mal y tú te sientes incapaz de detenerla. Por lo tanto, tu cerebro emocional concluye que debes de merecerlo. Por supuesto, la brecha moral inversa también debe de ser cierta. Si nos dan cosas sin habérnoslas ganado (trofeos de participación, inflación de notas, medallas de oro por quedar en noveno puesto), entonces empezamos a creernos (erróneamente) superiores a lo que de verdad somos. Por lo tanto, desarrollamos una autoestima muy elevada y falsa, o lo que vulgarmente se conoce como ser un gilipollas.
Las personas cuya mente es un coche de payasos se dejarán manipular fácilmente por la persona o grupo que les haga sentir bien; ya sea un líder religioso, político, un gurú de la autoayuda o un siniestro foro de Internet. Un coche de payasos arrollará de buen grado a los demás coches de consciencia (a saber, otras personas) con sus enormes neumáticos de goma rojos porque su cerebro racional lo justificará diciendo que se lo merecían; eran malas personas, inferiores, o parte de algún problema inventado.
Si no puedes justificar cada uno de tus actos de acuerdo con los principios que has descubierto en la naturaleza, si te desvías por motivos que no puedes justificar ante ti mismo, entonces es que tus palabras y tus acciones viven en desacuerdo.
La ideología socialista servía para enmascarar el resentimiento y el odio, alimentados por el fracaso. Muchos de los activistas de partido con los que me había encontrado usaban los ideales de justicia social para racionalizar su búsqueda de venganza personal. ¿De quién era la culpa de que yo fuera pobre, inculto, de que no fuera admirado? Evidentemente era culpa de los ricos, de los que estaban bien educados y eran respetados. ¡Qué conveniente era, pues, que las exigencias de venganza y la justicia abstracta coincidieran del todo! Solo era justo obtener recompensa de aquellos más afortunados que yo. Mis colegas socialistas y yo, claro está, no íbamos a hacerle daño a nadie. Todo lo contrario. Estábamos ahí para mejorar las cosas, pero íbamos a empezar por los demás.
Jordan Peterson. Mapas de sentidos: La arquitectura de la creencia