El hombre es por naturaleza sociable, con lo cual quiero decir que los hombres, aparte de la necesidad de auxilio mutuo, desean invenciblemente la vida social. Esto no impide que cada uno de ellos la busque movido por su utilidad particular y por el deseo de encontrar en ella la…
Frases de Aristóteles
Un bruto o un dios
Aquel que no puede vivir en sociedad y que en medio de su independencia no tiene necesidades, no puede ser nunca miembro del Estado; es un bruto o un dios. Aristóteles. Política
Lo superfluo
Lo superfluo, y no lo necesario, es lo que hace que se cometan los grandes crímenes. Aristóteles. Política
Los ojos de los murciélagos
En efecto, lo mismo que a los ojos de los murciélagos ofusca la luz del día, lo mismo a la inteligencia de nuestra alma ofuscan las cosas que tienen en sí mismas la más brillante evidencia. Aristóteles. Metafísica
La potencia motriz del alma es el deseo
El principio motor es, por tanto, único: el objeto deseable. Y es que si los principios que mueven son dos, intelecto y deseo, será que mueven en virtud de una forma común. Ahora bien, la observación muestra que el intelecto no mueve sin deseo: la volición es, desde luego, un…
La naturaleza
En cada parcela de naturaleza hay siempre alguna maravilla. Aristóteles. Las partes de los animales
Gobernantes o leyes
Es mejor ser gobernados por leyes que por excelentes gobernantes, porque las leyes no están sujetas a las pasiones, mientras que los hombres, por muy excelentes que sean, pueden incurrir en ellas. Aristóteles. Política
Ciudad y virtud
Así resulta también manifiesto que la ciudad que verdaderamente lo es, y no solo de nombre, debe preocuparse de la virtud; porque, sí no, la comunidad se convierte en una alianza que solo se diferencia localmente de aquellas en que los aliados son lejanos; y la ley en un convenio,…
El principio más noble
Es preciso que el hombre se inmortalice tanto cuanto sea posible; y que haga un esfuerzo por vivir conforme al principio más noble de todos los que le constituyen. Aristóteles. Moral a Nicómaco · libro décimo, capítulo VII