El problema no era la ideología socialista, sino la ideología en sí. La ideología dividía el mundo de manera simplista entre quienes pensaban y actuaban bien y quienes no lo hacían. La ideología permitía a quien creía en ella ocultarse de sus propias fantasías y deseos desagradables e inadmisibles.
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Todas las personas sirven a su ambición. A este respecto no existen ateos, tan solo hay personas que saben, y al mismo tiempo no saben, a qué dios están sirviendo.
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Aunque deseemos fervientemente negar el tiempo por razones de vanidad, angustia existencial o esnobismo intelectual, nos disminuimos a nosotros mismos cuando proclamamos nuestra temporalidad. Por cautivadora que pueda ser la fantasía de la intemporalidad, hay una belleza mucho más profunda y misteriosa en la conciencia del tiempo.
Durante los pasados diez años, los tratamientos con bótox y la cirugía plástica llegaron a ser considerados como una mejora saludable de la autoestima, antes bien que lo que realmente son: la evidencia de que tememos y detestamos nuestra falta de conciencia del tiempo. Nuestra aversión natural a la muerte es amplificada por una cultura que considera que el tiempo es un enemigo y hace todo lo posible para negar su paso. Como dijo Woody Allen: “Los estadounidenses creen que la muerte es opcional.
Inmersa en sus historias, veo que los acontecimientos del pasado todavía están presentes y siento que incluso podrían repetirse otra vez algún día en una hermosa revelación. Esa impresión es un atisbo, no de intemporalidad, sino de conciencia del tiempo, una conciencia aguda de que el mundo fue hecho por el tiempo, en realidad, de que está hecho de tiempo.