Anomia–literalmente, “la carencia de reglas”–es el nombre que el sociólogo francés Émile Durkheim dio a una condición que se daba en la sociedad en que las normas del comportamiento se volvían confusas. Cuando no está claro qué está permitido y qué no lo está, cuando existe indecisión sobre cuáles son los valores de la opinión pública, el comportamiento se convierte en algo errático y sin sentido. La gente, que depende de las reglas de sociedad para dar orden a su conciencia, se vuelve ansiosa. Situaciones de anomia podrían darse cuando la economía se derrumba, o cuando una cultura es destruida por otra, pero también pueden venir cuando la prosperidad aumenta rápidamente y los viejos valores del ahorro y del trabajo duro ya no son tan pertinentes como lo habían sido.
Mihaly Csikszentmihalyi. Fluir: una psicología de la felicidad
Una experiencia autotélica es muy distinta de los sentimientos que tenemos normalmente durante nuestra vida. Muchas cosas que hacemos de forma ordinaria no tienen valor en sí mismas, sólo las hacemos porque tenemos que hacerlas o porque esperamos algún beneficio futuro de ellas. Muchas personas sienten que el tiempo que pasan en su trabajo está, esencialmente, malgastado; no están integradas en él y la energía psíquica que invierten en ello no sirve para fortalecer su personalidad. Algunas personas también creen que el tiempo libre se malgasta. El ocio nos ofrece un respiro del trabajo, aunque generalmente consiste en absorber información pasivamente sin emplear ninguna habilidad ni explorar nuevas oportunidades para actuar. Como resultado la vida pasa en una secuencia de experiencias ansiosas o aburridas sobre las cuales la persona no tiene ningún control. La experiencia autotélica, o flujo, eleva el transcurso de la vida a otro nivel. La alienación da paso a la involucración, el disfrute reemplaza al aburrimiento, la impotencia da paso al sentimiento de control y la energía psíquica trabaja para reforzar la personalidad en lugar de perderse al servicio de unas metas extrínsecas. Cuando la experiencia es intrínsecamente gratificante la vida está justificada en su presente, en vez de ser el rehén de un hipotético beneficio futuro.
Mihaly Csikszentmihalyi. Fluir: una psicología de la felicidad
No es posible experimentar un sentimiento de control a menos que uno esté dispuesto a abandonar la seguridad de las rutinas protectoras. Únicamente cuando está en juego un resultado dudoso, y cuando uno es capaz de influir en ese resultado, la persona podrá saber si realmente tiene o no el control.
Mihaly Csikszentmihalyi. Fluir: una psicología de la felicidad
Cuando las personas empiezan a pensar que el progreso es inevitable y que la vida es fácil, pueden perder rápidamente el valor y la determinación a la hora de enfrentarse a los primeros signos de la adversidad. Y mientras se dan cuenta de que lo que creían no era del todo verdad, abandonan la fe en todo lo demás que habían aprendido. Faltos del apoyo al que estaban acostumbrados gracias a los valores culturales que poseían, se hunden en un pantano de ansiedad y apatía.
Mihaly Csikszentmihalyi. Fluir: una psicología de la felicidad
La diferencia entre un niño, un adolescente y un adulto no está en los años que tienen o en a qué se dedican, sino en por qué hacen las cosas. El niño roba helado porque le hace sentir bien, y es ajeno o indiferente a las consecuencias. El adolescente no roba porque sabe que eso tendrá peores consecuencias en el futuro, pero su decisión no deja de ser una negociación con su yo futuro: renunciaré ahora a este placer para evitar un dolor mayor en el futuro. Sin embargo, únicamente es el adulto quien no roba por el simple principio de que robar está mal.
La otra manera de cambiar nuestros valores es empezar a escribir los discursos de tu yo futuro, imaginar cómo sería la vida si tuvieras ciertos valores o determinada identidad. Al imaginar el futuro que queremos para nosotros, permitimos que nuestro cerebro emocional pruebe primero esos valores, para ver cómo le sientan antes de comprarlos. Al final, cuando lo hacemos con la suficiente frecuencia, el cerebro emocional se acostumbra a los nuevos valores y empieza a creérselos.
Este tipo de «proyección de futuro» suele inculcarse de la peor manera posible. «¡Imagina que eres rico y tienes una flota de yates! ¡Entonces tu sueño se hará realidad!» Por desgracia, esa clase de visualización no reemplaza el valor actual e insano (materialismo) por otro valor mejor. No es más que masturbarse con el valor actual. El cambio real implicaría fantasear con lo que sería no desear tener tantos yates. La visualización fructífera debería ser un poco incómoda. Tendría que desafiarte y ser difícil de concebir. Si no lo es, entonces significa que no está cambiando nada.
Los valores que escogemos a lo largo de nuestra vida cristalizan y forman un sedimento sobre nuestra personalidad. La única manera de cambiar nuestros valores es tener experiencias contrarias a esos valores. Y cualquier intento por liberarse de ellos mediante experiencias nuevas o contrarias tendrá como resultado el dolor y la incomodidad. Por eso no existe el cambio sin dolor, no hay crecimiento sin incomodidad. Por tal razón, resulta imposible convertirse en alguien nuevo sin llorar primero la pérdida de aquel que éramos antes.